El Orto

viernes, mayo 27, 2016

Cada mañana se despierta a las cinco en punto.

Abre los párpados, se incorpora en su cama y tantea el suelo con los pies descalzos, en busca de las mismas zapatillas que usa desde hace ocho años. Son unas pantuflas baratas, de esas que llevan la suela sujeta con pegamento en lugar de costuras. Resulta increíble que sigan en perfecto estado.

Cada mañana da nueve torpes pasos para llegar al baño, busca el manillar en la oscuridad, y entra a trompicones. Siente la boca pastosa y huele a sábanas sucias. Cada mañana, después de mear, cuenta dieciséis pasos, gira a la izquierda, y cuenta otros cuatro. Enciende la cafetera y espera dos minutos y quince segundos sentado en una de las sillas de la cocina. Hay tres asientos: un banco duro donde el culo siempre se desliza a los lados, un estrecho taburete con un cojín aplanado por el uso, y una silla áspera que cojea de una pata. Esta última es su favorita. Disfruta balanceándose en ella, es su forma de paliar la ansiedad.

Cada mañana se toma el café solo, no porque le guste el sabor amargo, sino porque nunca recuerda dónde guarda el azucarero. Cada mañana vuelve a su cuarto –cuatro pasos, gira a la derecha, veinticinco pasos– y se viste con la ropa que ha dejado preparada sobre la cómoda la noche anterior. Duerme en calzoncillos, pues a pesar de ser un anciano, vive solo, así que puede permitirse tal intimidad. Mete primero una pierna y luego la otra por el hueco de los pantalones de pana; le gusta el tacto suave que tienen. El olor a detergente le impregna la nariz. Tras abotonarse la camisa y enfundarse la chaqueta, da cuarenta y dos pasos hasta la entrada. Una vez allí, saca del paragüero su bastón. Sale al rellano con sus fieles zapatillas de felpa y arruga el entrecejo. Aborrece el ambientador de flores silvestres que tienen puesto en el portal. Acto seguido, cierra la puerta de su casa con un sórdido portazo que me despierta cada puñetera y maldita mañana. ¡Joder!

El viejo del 5º C tiene una puta obsesión con los números. Me la suda que fuera astrónomo, o astrólogo, ¡o como se diga! No entiendo a qué persona le pueden interesar las estrellas, el cielo y eso. Aunque el tipo vive en las nubes, así que le viene al pelo. Me hace lo mismo todos los días, ¡todos!, ¡incluso los fines de semana! Luego se quejará de la juventud, pero aquí el desconsiderado es él. Cada mañana me despierta a las cinco y cuarto, cuando se va, y luego otra vez a las siete y media, cuando regresa. El segundo portazo aprovecho para usarlo a modo de despertador. Me tiene en un sinvivir. Una vez husmeé un poco, para descubrir a dónde iba tan temprano –ya que no duermo, al menos exijo saber el porqué–. Me contó sin vergüenza que sale a buscar el calor del "orto". Preferí no indagar, que haga las guarradas que quiera, no me interesan.

En cierta manera me da pena, hace ocho años que murió su señora, y bueno, se nota que ha perdido algo de fuelle. Ahora habla menos. Aunque reconozco que cuenta cosas interesantes. ¿Sabías que el horizonte se halla a cuarenta kilómetros?, ¿o que el amanecer se produce cuando el Sol está a noventa grados del cénit? No me quedó muy claro qué es el cénit ese, pero qué más da. El caso es, que desde que quedó viudo, se siente solo. Sorprende que a su edad y dada su condición, sea tan independiente. Por esta clase de cosas siempre le perdono los portazos... mejor me vuelvo a dormir. Al menos hasta las siete y media.

Cada mañana el anciano del 5º C pasea por la playa descalzo, con las zapatillas en una mano y el bastón en la otra. Siente la arena colarse entre sus dedos, mientras la espuma le besa las durezas de la piel. El mar le llama, con sonidos de gaviotas y recuerdos ya olvidados que resuenan en la memoria. Da mil doscientos pasos y espera de pié la salida del astro. Él denomina al Sol una estrella enana de tipo-G. Para hacer tiempo, se deja hundir lentamente en la arena mojada. Hasta que llega el momento.

El vacío que separa al viejo del Sol ocupa ciento cuarenta y nueve millones de kilómetros. La luz tarda ocho minutos y diecinueve segundos en salvar la distancia. Percibe el primer contacto, un punto cálido que se extiende hasta embriagarle esa conocida sensación de bienestar. Saborea la felicidad, que se pierde en un instante de duda. Las lágrimas aparecen en su mirada, cautiva en una eterna negrura. Y llora.

Dedicó una vida a estudiar el firmamento. De qué sirven los números y los datos, si ahí, cara a cara con su estrella, es incapaz de ver el alba.

Cada mañana colma el mar de pura impotencia. Cada mañana se limpia la cara y regresa a casa. Como he dicho, cada mañana me despierta de nuevo a las siete y media.

Pero esta mañana no.

Esta mañana me despierta a las once el chillar de una sirena. Bajo a toda prisa, aún en pijama, y encuentro el umbral abarrotado. El ambientador apesta. Al fin logro salir a la calle, todavía permanece en mi nariz el hedor a flor artificial.

El ciego del 5º C yace en una camilla, aferrado a las zapatillas de su difunta esposa. Su rostro ha quedado blanco como la sal, no obstante, lo adorna una sonrisa extasiada.

Descansa inerte, pero sus ojos reflejan el cielo, más vivos que nunca.

Me pregunto si encontró su orto...


En fin, esta misma tarde me compro un despertador.

Fotografía: Mahmoud Al-qammari

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